Posteado por: merocha | Diciembre 22, 2008

La civilización de los bárbaros

A propósito del libro Los bárbaros, de Alessandro Baricco, éste y el autor de Microcosmos dialogan sobre la actual crisis de valores. Hay un cambio en acto, según este debate, que no sólo es cultural, sino antropológico y genético y que puede producir una humanidad radicalmente nueva, distinta de la nuestra

Por Claudio Magris
y Alessandro Baricco
Corriere della Sera

Durante la campaña electoral de 2001 me di cuenta de que no entendía el mundo. Un manifiesto de Forza Italia mostraba a Berlusconi en mameluco, con la inscripción “Presidente obrero”, una idea que podría habérsenos ocurrido a mí y a mis amigos como una bufonada estudiantil que lo pusiese en ridículo. Habría sido cómico proclamar a Veltroni o a Prodi “Presidentes obreros”. Pero si algo que para mí era una caricatura satírica funcionaba en cambio como una propaganda eficaz, quería decir que las reglas del juego, los criterios de juicio, los mecanismos de la risa habían cambiado; me encontraba en una mesa de póquer creyendo que el as era la carta más alta y descubría que, al contrario, valía menos que el dos de picas.

Alessandro Baricco se adentra en el paisaje de esta mutación de época con extraordinaria agudeza; con esa profundidad disimulada bajo la ligereza que caracteriza su modo de narrar. Quizá Baricco sea un escritor del siglo XIX y del XXI más que del XX, a pesar de que Novecento es el título de un célebre libro suyo. Se mueve en el mundo saqueado por los bárbaros, como él los llama, con la agilidad de un antílope en un territorio que no es precisamente el suyo, pero en el cual no se encuentra de ningún modo incómodo. Los bárbaros lo son respecto a aquello que se considera la civilización (es decir, respecto a nosotros, que nos consideramos como tal), una civilización que se siente devastada en sus valores esenciales: la duración, la autenticidad, la profundidad, la continuidad, la búsqueda del sentido de la vida y del arte, la exigencia de absolutos, la verdad, la gran forma épica, la lógica habitual, toda jerarquía de importancia entre los fenómenos. En lugar de todo esto, triunfan la superficie, lo efímero, el artificio, la espectacularidad, el éxito como única medida del valor, el hombre horizontal que busca la experiencia en una girándula continuamente mutable. Vivir se convierte en un surfing , una navegación veloz que salta de una cosa a otra como de una tecla a otra en Internet; la experiencia es una trayectoria de sensaciones en la que la pulp fiction y Disneylandia valen tanto como Moby Dick y no dejan tiempo para leer Moby Dick . Nietzsche ha descrito con genialidad única el advenimiento de este hombre nuevo y de su sociedad nihilista, en la que todo es intercambiable con cualquier otra cosa, como el papel moneda. Todo esto nace ya con el romanticismo, que ha infringido todo canon clásico, más aún, todo canon; como recuerda Baricco, la primera ejecución de la Novena de Beethoven fue despedazada por los críticos musicales más serios con términos análogos a los que hoy se emplean para despedazar, acusándolas de complicidad con los gustos más bajos y vulgares, muchas performances artísticas o seudoartísticas. Baricco busca describir -o, en sus novelas, contar- y sobre todo entender el mundo, en vez de quejarse de él, y sostiene justamente, en el bellísimo final de Los bárbaros (Anagrama), que toda identidad y todo valor se salvan no erigiendo una muralla contra la mutación, sino operando en el interior de la mutación que es, de cualquier modo, el precio, a veces pesado, que se paga por un gran progreso, por la posibilidad de acceder a la cultura dada a masas antes inicuamente excluidas y que no pueden haber adquirido todavía un señorío coherente.

Si bien todo puede ser comprendido -le planteo cuando lo encuentro en su, y un poco también mía, Revigliasco- no todo puede ser aceptado…

Claudio Magris

C. M.: -Tú mismo escribes que es preciso saber qué debe salvarse de lo viejo -que por lo tanto no lo es- en esta transformación total. Esto implica un juicio que no identifica por lo tanto, como hoy se pretende, el valor con el éxito. También Il piccolo alpino [N. E.: novela de Salvator Gotta que se utilizó en la época fascista como lectura de formación para los jóvenes] vendía hace un siglo muchos más ejemplares que las poesías de Saba, pero no por esto quien lo leía entendía mejor la vida. Si los diarios -como dices- no hablan de una tragedia en África hasta que no se convierte en un chimento para papel ilustración o de subsecretarios, ésta no es no una buena razón para no corregir esta información paupérrima más que falsa. Es, por otra parte, lo que hacen muchos blogs , en los que se encuentra a menudo más “verdad” que en los medios tradicionales.

Alessandro Baricco: -Cierto, no todo puede ser aceptado, tienes razón. Pero entender la mutación, aceptarla, es el único modo de conservar una posibilidad de juicio, de elección. Si se reconoce a la nueva civilización bárbara un estatuto, precisamente, de civilización, entonces se hace posible discutir sus rasgos más débiles, que son muchos. Por otra parte creo que la misma barbarie tiene cierta conciencia de sus límites, de sus pasajes riesgosos y potencialmente autodestructivos: en cierto sentido siente la necesidad de los viejos maestros, tiene un hambre espasmódica de ellos. El hecho es que los viejos maestros a menudo no aceptan sentarse a una mesa común, y esto complica las cosas.

C. M.: -Creo que no existe una contraposición entre los bárbaros y los otros (¿nosotros?). Aun quien combate muchos aspectos “bárbaros” no está patéticamente out , y puede contribuir a la transformación de la realidad. La civilización de los Habsburgo, tan experta en invasiones bárbaras, no las demonizaba ni las enfatizaba; se limitaba a decir: “Sucedió que…”

A. B.: -”Sucedió que…”, bellísimo. Cuando pensé en escribir Los bárbaros tenía precisamente un estado de ánimo de ese tipo… Está sucediendo que… No tenía en mente contar un apocalipsis ni tampoco anunciar alguna salvación… Sólo quería decir que estaba sucediendo algo genial, y me parecía absurdo no tomar nota de ello.

C. M.: -Indagas espléndidamente la estrecha relación que había entre profundidad, rehuida por los bárbaros, y esfuerzo, sublimada y honda moralidad del trabajo y del deber, que a menudo conduce al sacrificio y a la violencia. Pero la profundidad no está necesariamente ligada a la falsa ética del sacrificio. Sumergirse y volverse a sumergir en un texto -en un amor, en una amistad, en vez de tocarlos de pasada como lo hacen hoy los bárbaros- no quiere decir deslomarse cavando como un forzado en una mina, pero es como zambullirse repetidamente en el mar y descubrir cada vez nuevas luces y colores, que enriquecen las precedentes, o como hacer el amor muchas veces con una persona amada, cada vez más intensamente gracias a la libertad de la confianza incrementada.

A. B.: -La profundidad, ése es un hermoso tema. Sabes, mientras escribía Los bárbaros consagré mucho tiempo a entender y a describir la formidable reinvención de la superficialidad que esta mutación está realizando. Y me parece fantástico lo que hemos logrado hacer al rescatar una categoría que oficialmente era la identificación misma del mal, y devolverla a la gente como uno de los lugares reservados al Sentido. Pero me doy cuenta de que esto no significa de ningún mundo demonizar, automáticamente, la profundidad. Tú precisamente hablas de amistad, de amor, y si observas a los jóvenes de hoy, casi todos típicos bárbaros, encontrarás el mismo deseo de profundidad que podíamos tener nosotros. O si piensas en su necesidad religiosa, encuentras un ansia de verticalidad que no logras conjugar del todo con la cultura del surfing . En definitiva, ¿sabes qué pienso? Que la mutación ha desmontado la dicotomía de lo superficial y lo profundo: ya no son dos categorías antitéticas. Son las dos movidas de un único movimiento. Son los dos nombres de una única cosa. Te diré más: la superficialidad, en las obras de arte bárbaras, ya no es distinguible como tal, no más de cuanto tú puedas distinguir entre la cosa y el adorno en un cuadro de Klimt, o la pura aritmética en una suite de Bach.

C. M.: -Aunque soy más alérgico que tú a los bárbaros, querría defenderlos de una imagen totalitaria. En Google veo también una -aunque inmensa- redecilla semejante a aquella con la que los niños pescan en el mar cangrejos y conchillas. No tengo necesidad de Google para saber algo sobre Goethe, “linkeadísimo”, porque lo encuentro también fácilmente en otra parte, como en el pasado. En cambio Google me ha dado información sobre un personaje mínimo en el que me estoy interesando, una negra africana del siglo XVI, convertida en dama de corte en España, raptada por caribeños, que llegó a ser más tarde su reina. Los blogs corrigen la unilateralidad bárbara de los medios, que hablan sólo de aquello de lo que se habla y se sabe. No creo que Faulkner pueda desaparecer, sería mejor que desapareciese Google; pero creo que Google puede en todo caso ayudar a hacer redescubrir la grandeza de Faulkner a muchos ignorantes. Los bárbaros que invadieron el Imperio Romano fueron sus herederos, leyeron y difundieron los Evangelios…

A. B.: -Los bárbaros que invadieron el Imperio Romano eran a menudo poblaciones ya parcialmente romanizadas, guiadas por caudillos que procedían de las filas de los oficiales del ejército imperial…

C. M.: -La profundidad, escribes, es a menudo fundamentalista. Ha conducido, en nombre de valores fuertes, a la guerra y a la destrucción. No creo sin embargo que la muchedumbre bárbara, inocente, pacifista de los consumidores de videogames sea idónea para exorcizar la violencia; la veo en todo caso desarmada e ingenua y, por lo tanto, fácil presa de las persuasiones colectivas que llevan a la guerra. En tu extraordinaria Apostilla a Ho mero, Iliada dices -y concuerdo plenamente- que la guerra no se derrota con el abstracto pacifismo, sino con la creación de otra belleza, desligada de aquélla, por más alta que sea, siempre atroz del pasado, como en la Ilíada . No veo, sin embargo, en los consumidores de Matrix a estos constructores de paz…

A. B.: -Aparentemente es así. Pero cada tanto me pregunto, por ejemplo, si una de las razones por las cuales, después de las Torres Gemelas, no nos hemos precipitado en una verdadera guerra de religión en amplia escala, no es justamente la barbarie difusa de las masas occidentales y cristianas: la nueva sospecha que les inspira todo lo que se da en forma mítica les impide adherir en modo visceral a los posibles eslóganes guerreros que en el pasado, y por siglos, han abierto una brecha muy grande entre la gente.

C. M.: -Los bárbaros de los que hablamos son occidentales, aunque comprenden elementos de otras culturas. Hoy, la así llamada globalización mezcla en escala planetarias otras culturas, tradiciones, niveles sociales, casi épocas diversas, e introduce también valores de profundidad y de esfuerzo, absolutos, fundamentalismos. Una nueva muchedumbre de excluidos se asoma al mercado de la civilización: respecto de ellos, nuestros bárbaros pronto parecerán aristocráticos de otro ancien régime . Por cierto, pasará tiempo antes de que los clandestinos de cualquier lengua y cultura levanten verdaderamente la voz, pero…

A. B.: -Es cierto. Cuando hablamos de humanismo o de romanticismo, hablamos de mutaciones relacionadas con un mundo pequeñísimo (Europa, y ni siquiera toda), mientras que hoy, cualquier mutación se debe confrontar con todo el mundo, porque está obligada a dialogar con todo el mundo. Será una aventura fascinante.

C. M.:-Hay otra mutación en acto, no sólo cultural, sino antropológica, genética, biológica, que podrá generar una humanidad radicalmente distinta de la nuestra, dueña de su corporeidad, capaz de orientar a su gusto el propio patrimonio genético y de conectar las neuronas propias a circuitos electrónicos artificiales, portadora de una sensualidad que no tiene nada que ver con la que, más o menos, es todavía la nuestra. Por cierto, pasará mucho tiempo de todos modos antes de que algo así pueda ocurrir. Pero no tendrá sentido preguntarse si este hombre o su clon será verdaderamente “otro” respecto de nosotros, si será horizontal o profundo, así como no tendría sentido preguntárselo respecto de nuestros antepasados simiescos o quizá roedores…

A. B.: -¿Lo crees? No sé. A mí me parece una frontera bastante más cercana, un destino que pertenece al hombre como lo conocemos hoy, a ese animal. Porque creo que una de las adquisiciones fundamentales del hombre moderno ha sido la de imaginar y generar una continuidad en su camino, una continuidad casi indestructible. No importa cuánto tiempo será necesario, pero cuando conectemos nuestras neuronas con circuitos electrónicos artificiales habrá todavía, junto a nosotros, una mesa de luz y sobre ella un libro: quizá sea de titanio, pero será un libro. Y lo que hacemos cada día, hoy, quizá sin siquiera saberlo, es elegir qué libro será: ¿puedes imaginarte una tarea más alta y divertida?

[Traducción Hugo Beccacece]

Posteado por: merocha | Diciembre 22, 2008

Las múltiples formas de leer y de escribir

En Escuchar a los muertos con los ojos (Katz), el historiador francés analiza cómo la revolución digital cambió el modo de producción y circulación de los textos

Por Roger Chartier

Al romper el antiguo lazo anudado entre los textos y los objetos, entre los discursos y su materialidad, la revolución digital obliga a una radical revisión de los gestos y las nociones que asociamos con lo escrito. A pesar de la inercia del vocabulario que intenta domesticar la novedad denominándola con palabras familiares, los fragmentos de textos que aparecen en la pantalla no son páginas, sino composiciones singulares y efímeras. Y, contrariamente a sus predecesores, rollos o códices, el libro electrónico no se diferencia de las otras producciones de la escritura por la evidencia de su forma material.

La discontinuidad existe incluso en las aparentes continuidades. La lectura frente a la pantalla es una lectura discontinua, segmentada, atada al fragmento más que a la totalidad. ¿Acaso no resulta, por este hecho, la heredera directa de las prácticas permitidas y suscitadas por el códice? En efecto, este último invita a hojear los textos, apoyándose en sus índices o bien a “saltos y brincos” como decía Montaigne. El códice invita a comparar diferentes pasajes, como lo quería la lectura tipológica de la Biblia, o a extraer y copiar citas y sentencias, así como lo exigía la técnica humanista de los lugares comunes. Sin embargo, la similitud morfológica no debe llevar al engaño. La discontinuidad y la fragmentación de la lectura no tienen el mismo sentido cuando están acompañadas de la percepción de la totalidad textual contenida en el objeto escrito, que cuando la superficie luminosa que muestra los fragmentos de escritos no deja ver inmediatamente los límites y la coherencia del corpus de donde se los extrajo.

Los interrogantes del presente hallan sus razones en estas rupturas decisivas. ¿Cómo mantener el concepto de propiedad literaria, definido desde el siglo XVIII a partir de una identidad perpetuada de las obras, reconocible más allá de cuál fuera la forma de su publicación, en un mundo donde los textos son móviles, maleables, abiertos, y donde cada uno puede -como lo deseaba Michel Foucault en el momento de empezar su lección inaugural aquí- “encadenar, proseguir la frase, alojarse sin ser advertido, en sus intersticios”? ¿Cómo reconocer un orden del discurso, que fue siempre un orden de los libros o, para decirlo mejor, un orden de lo escrito que asocia estrechamente autoridad de saber y forma de publicación, cuando las posibilidades técnicas permiten, sin controles ni plazos, la puesta en circulación universal de opiniones y conocimientos, pero también de errores y falsificaciones? ¿Cómo preservar maneras de leer que construyan la significación a partir de la coexistencia de textos en un mismo objeto (un libro, una revista, un periódico) mientras que el nuevo modo de conservación y transmisión de los escritos impone a la lectura una lógica analítica y enciclopédica donde cada texto no tiene otro contexto más que el proveniente de su pertenencia a una misma temática?

[...]La conversión digital de las colecciones existentes promete la constitución de una biblioteca sin muros, donde se podría acceder a todas las obras que fueron publicadas en algún momento, a todos los escritos que constituyen el patrimonio de la humanidad. La ambición es magnífica, y -como escribe Borges- “cuando se proclamó que la Biblioteca abarcaba todos los libros, la primera impresión fue de extravagante felicidad”. Pero, seguramente, la segunda impresión debe ser un interrogante sobre lo que implica esta violencia ejercida sobre los textos, dados a leer bajo formas que ya no son las que encontraban sus lectores del pasado. Se podría decir que semejante transformación no carece de precedentes. Fue bajo la forma de códices, y no en los rollos de su primera circulación, como los lectores medievales y modernos se apropiaron de las obras antiguas o, al menos, de aquellas que pudieron o quisieron copiar. Seguramente. Pero para comprender las significaciones que los lectores han dado a los textos de los que se apoderaron, es necesario proteger, conservar y comprender los objetos escritos que los han transmitido. [...]

Estas cuestiones ya han sido largamente discutidas por los innumerables discursos que intentan conjurar, por su propia abundancia, la desaparición anunciada del libro, de lo escrito y de la lectura. A la admiración ante las increíbles promesas de navegaciones entre los archipiélagos de los textos digitales se le ha opuesto la nostalgia por un mundo de lo escrito que ya habríamos perdido. ¿Pero en verdad hay que elegir entre el entusiasmo y el lamento? Para situar mejor las grandezas y las miserias de las transformaciones del presente, tal vez sea útil apelar a la única competencia de la que pueden jactarse los historiadores. [...]

Escrito y culturas escritas en la Europa moderna

A partir del siglo XV, y seguramente antes, el recurso a lo escrito ha desempeñado un papel esencial en varias importantes evoluciones de las sociedades occidentales. La primera es la construcción del Estado de justicia y de finanzas, que ha supuesto la creación de burocracias, la constitución de archivos, la comunicación administrativa y diplomática. Es verdad que los poderes desconfiaron de lo escrito y que se esforzaron por censurarlo o controlarlo de diversas maneras. Pero también es verdad que han asentado cada vez más el gobierno de los territorios y de los pueblos en la correspondencia pública, el registro escrito, la ostentación epigráfica y la propaganda impresa. [...]

El lazo anudado entre experiencia religiosa y usos de lo escrito constituye otro fenómeno esencial. Las huellas dejadas por las escrituras inspiradas son numerosas: autobiografías espirituales y exámenes de conciencia, visiones y profecías, viajes místicos y relaciones de peregrinaciones, plegarias y conjuras. En tierra católica, aunque no solamente, estos testimonios de la fe no dejaron de inquietar a las autoridades eclesiásticas que intentaron contenerlos o -cuando creían que excedían los límites de la ortodoxia- prohibirlos y destruirlos.

La imposición de nuevas reglas de comportamiento, exigidas por el ejercicio absolutista del poder, formuladas por los pedagogos o los moralistas, difundidas por las instrucciones nobiliarias o los tratados de urbanidad, también se ha apoyado en lo escrito. Esta transformación profunda de la estructura de la personalidad, designada por Norbert Elias como un largo proceso de civilización, que obliga al control de los afectos y al dominio de las pulsiones, al alejamiento de los cuerpos y la elevación del umbral del pudor, ha mudado los preceptos en conductas, las normas en habitus , los escritos en prácticas.

En fin, en el transcurso del siglo XVIII, las correspondencias, las lecturas y las conversaciones letradas fueron las que fundaron la emergencia de una esfera pública, primero estética, luego política, donde se discutieron y sometieron a examen todas las autoridades; la de los doctos, clérigos o príncipes. En ¿Qué es la ilustración? , a partir de la confrontación de opiniones razonadas y proposiciones reformadoras que posibilita la circulación de lo escrito, Kant erige el proyecto y la promesa ilustrada donde cada uno, sin distinción de estado o condición, podrá ser, a su turno, lector y autor, erudito y crítico.

Trazadas a grandes rasgos, estas evoluciones no son iguales en toda Europa ni implican del mismo modo la corte y la ciudad, los letrados y lo popular o, como se habría dicho en el Siglo de Oro, el “discreto” y el “vulgo”. [..] De la proliferación de acepciones de la palabra “cultura”, retengo una, aunque provisoria: aquella que articula las producciones simbólicas y las experiencias estéticas sustraídas a la urgencia de lo cotidiano, con los lenguajes, los rituales y las conductas gracias a los cuales una comunidad vive y reflexiona su vínculo con el mundo, con los otros y con ella misma.

¿Qué es un libro?

[...] En 1796, Kant formula la interrogación en la “Doctrina del Derecho” de la Metafísica de las costumbres . Establece una distinción fundamental entre el libro como ” opus mechanicum “, como objeto material, que pertenece a su comprador, y el libro como discurso dirigido a un público, que sigue siendo propiedad de su autor y que sólo puede ser puesto en circulación por sus mandatarios. Con el objetivo de denunciar la ilegalidad de las ediciones piratas en la Alemania de su época, la constatación de la doble naturaleza del libro, material y discursiva, ofrece un sólido punto de apoyo para varias investigaciones.

Las unas, genealógicas y retrospectivas, se asociarán a la historia larga de las metáforas del libro, no tanto de aquellas que designan el cuerpo humano, la naturaleza o el destino como un libro -Curtius lo ha dicho casi todo al respecto- sino más bien de aquellas que consideran el libro como una criatura humana, dotada de cuerpo y alma. En la España del Siglo de Oro, la metáfora presenta, para fines muy diversos, dos figuras en espejo: la figura de Dios impresor, que ha puesto su imagen en la prensa para que “saliesse conforme à la que avia de tomar” y que “quiso juntamente alegrarse con tantas, y tan varias copias de su mysterioso Original”, como escribe el abogado Melchor de Cabrera en 1675; y la figura del impresor demiurgo, que da la forma corporal que conviene al alma de su criatura. [...]

Otras investigaciones, basadas en la distinción de Kant, desandarán el curso del tiempo a partir de la paradoja fundadora de la propiedad literaria, formulada de diversas maneras a lo largo del siglo XVIII. En efecto, sólo cuando las obras escritas fueron separadas de toda materialidad particular, las composiciones literarias pudieron ser consideradas como bienes inmuebles. De allí, el oxímoron que lleva a caracterizar al texto como una “cosa inmaterial”. De allí, la separación fundamental entre la identidad esencial de la obra y la pluralidad indefinida de sus estados o -para emplear el vocabulario de la bibliografía material- entre ” substantives ” y ” accidentals “, entre el texto ideal y trascendente, y las formas múltiples de su publicación. De allí, por último, las vacilaciones históricas, que llegan hasta el presente, en cuanto a las justificaciones intelectuales y a los criterios de definición de la propiedad literaria, puesto que esta última supone que una obra pueda ser reconocida como siempre idéntica a ella misma, cualquiera sea el modo de publicación y transmisión. Este fundamento de la propiedad imprescindible pero transmisible de los escritores sobre sus textos, Blackstone lo situaba en la singularidad del lenguaje y del estilo, Diderot en los sentimientos del corazón y Fichte en la forma siempre única con la que el autor relaciona unas ideas con otras.

¿Qué es un autor?

En todos los casos, se supone una relación originaria e indestructible entre la obra y su autor. Ahora bien, tal vínculo no es ni universal ni inmediato, puesto que si bien todos los textos han sido escritos o pronunciados por alguien, no todos son, sin embargo, asignados a un nombre propio. La constatación estaba en la base de la pregunta formulada por Foucault en 1969 y retomada en El orden del discurso : “¿qué es un autor?”. Su respuesta, que considera al autor como uno de los dispositivos dedicados a dominar la inquietante proliferación de los discursos, no agota -me parece- la fuerza heurística de la interrogación. …sta obliga a renunciar a la tentación que considera implícita e indebidamente como universales categorías cuya formulación o empleo son históricamente muy variables. Dos investigaciones podrán demostrarlo. La primera estará dedicada a la escritura en colaboración (en particular en el caso de las obras teatrales de los siglos XVI y XVII). La frecuencia de dicha práctica se contrastará, por un lado, con la lógica de la publicación impresa, que prefiere el anonimato o el nombre único, y, por otro, con aquella, ya sea literaria o social, que reúne en una única obra los textos de un mismo escritor, a veces acompañados por su biografía; tal como ocurrió con la de Shakespeare en la edición de Rowe en 1709 o la de Cervantes por Mayans y Síscar en la edición londinense aunque en castellano de Don Quijote publicada por Tonson en 1738. Pero no debemos olvidar que a la construcción del autor a partir de la agrupación -se podría decir incluso de la encuadernación- de sus obras (o al menos de algunas de ellas) en un mismo volumen o en un mismo corpus, se opone el proceso inverso, que disemina las obras bajo la forma de cita de extractos.

Muchos ejemplos ilustran esta doble modalidad de la circulación de los textos, comenzando por Shakespeare. Si bien el Folio de 1632 inaugura la canonización del dramaturgo, es a partir de 1600 cuando citas de sus poemas, The Rape of Lucrece y Venus and Adonis , y de cinco de sus piezas aparecen en recopilaciones de lugares comunes, enteramente compuestos a partir de autores que escribieron y escriben en inglés, y no en latín. En el primero, el Bel-vedere , or The Garden of the Muses , se presentan las citas sin atribuirlas a uno de los escritores cuya lista está publicada al comienzo de la obra. En el segundo, intitulado England s Parnassus , los extractos son seguidos del nombre del autor. Este mero ejemplo muestra las contradicciones o vacilaciones de una genealogía de la “función de autor” -para decirlo como Foucault- al tiempo que sugiere ampliar la investigación y reconocer otras formas de fragmentación de los textos en la edad de las obras completas, de los “espíritus” del siglo XVIII, que destilan los textos como perfumes, a los ” morceaux choisis ” que estructuran las pedagogías escolares.

La segunda investigación se centrará en los conflictos asociados al nombre propio y a la paternidad de los textos en los tiempos anteriores a la propiedad literaria, donde las historias pertenecen a todo el mundo, donde los florilegios de lugares comunes hacen circular ejemplos listos para la reutilización y donde el delito de plagio no está constituido jurídicamente, a diferencia del delito de piratería editorial, definido como la violación de un privilegio de librería o de un ” right in copy “. Desde entonces, ¿cómo comprender las polémicas sobre las continuaciones apócrifas (pensemos en la de Don Quijote a cargo del malvado Avellaneda), o las quejas contra las usurpaciones de la identidad de autores famosos a fin de vender obras escritas por otros (Lope de Vega se lamenta de esto cuando ve su nombre utilizado por editores que publican comedias que no son suyas y a las que juzga detestables), o incluso las condenas morales de los ladrones de textos, obras de teatro o sermones, que utilizaban las técnicas de la memoria y, en Inglaterra al menos, uno de los métodos estenográficos en circulación desde fines del siglo XVI?

Responder a tales preguntas supone [...] cruzar los principios que rigen el orden de los discursos de forma diversa según las épocas, con los reglamentos y las convenciones que, también diversamente, gobiernan el orden de los libros o, más en general, el régimen de la publicación de lo escrito. Así podrían trazarse los límites entre lo que era o no aceptable en una situación histórica donde la propiedad de las obras no descansaba prioritariamente en el autor y donde la originalidad no constituía el criterio esencial que gobernaba su composición o su apreciación.

[Traducción: Laura Fólica]

Posteado por: merocha | Mayo 2, 2008

La imagen también pasa por la escritura

Algunas empresas consideran que la mala redacción de sus empleados puede afectar la concreción de negocios.

Las buenas prácticas de comunicación dentro y fuera de la organización son reconocidas por las empresas como central para su funcionamiento. Sin embargo, en muchas de ellas el lenguaje escrito de los empleados -cualquiera que sea su jerarquía- peca de pobre y hasta de inadecuado. La causa principal de esta falla es la escasa formación en redacción, que en la mayoría de los casos queda limitada a la que brindan la escuela primaria y secundaria.

Lo cierto es que la correcta redacción de textos es también un tema de gestión de negocios. La proliferación de intranets alienta la redacción y ciertas profesiones influyen de manera negativa en el estilo de escritura. Debido a esto, hoy existe la oferta de capacitación y consultoría.

Algunas ofrecen cursos que buscan incorporar la escritura como una herramienta eficaz de gestión y comunicación, ya que todos los empleados de una organización envían textos a clientes actuales o potenciales, proveedores y público en general. Las empresas piensan que si escriben mal perjudican su imagen. Pero también pueden afectar negocios importantes.

“De la misma manera que una cuenta mal hecha puede llevar a perder dinero, palabras ambiguas pueden hacer que un acuerdo se interprete de manera distinta y que eso implique diferencias de dinero”, comentó Gisela Galimi, de Galimi & Alcón Asociados.

En la compañía de seguros Alba Caución el problema de redacción fue observado en diversos informes que entregaban los empleados que querían ocupar vacantes internas.

“Cuando una persona se postula tiene que redactar un trabajo. Esta mecánica nos dio la pauta definitiva de que no nos expresábamos tan bien de manera escrita como verbal”, comentó Rodrigo García, analista de Recursos Humanos.

Debido a esto, los empleados -25 en total- asistieron a un taller de capacitación de siete encuentros. Para lograr la participación de todos, se organizó una jornada especial un sábado para incluir al personal del interior.

El primer día los alumnos concurrieron con un texto que habían escrito y en la última jornada tuvieron que reelaborarlo. Eso les dio la pauta de cuánto habían mejorado.

Posteriormente en la empresa realizaron una encuesta de satisfacción que demostró que la gente quedó contenta y segura de que el taller les sirvió para mejorar su tarea diaria. “El avance se refleja en la manera en que escriben hoy los mails”, concluyó García.

Errores de comunicación

La proliferación de blogs, foros e intranets corporativos alientan a los empleados a escribir. Los correos electrónicos -medio de comunicación escrita más utilizado- son uno de los principales vehículos de errores, ya que se los redacta rápidamente, con una mezcla de formalidades heredadas de las cartas y un tono muy coloquial.

Para Sebastián Adúriz, director de Adúriz Escritura, un error común es asociar la escritura a un proceso mecánico o excesivamente relacionado con la gramática o cuestiones mágicas, como la inspiración. “La gente cree que puede escribir un texto de una vez, imita textos ya escritos o les hace algunas modificaciones”, dijo Adúriz.

Hay determinados grupos que influyen de manera negativa la escritura del resto de la compañía. En algunas empresas de servicios se escribe a los clientes con una prosa burocrática, llena de voces pasivas y circunloquios, propio de los profesionales de Derecho. Otro caso se da entre gente de marketing, que llena sus textos de palabras en inglés y términos inventados.

Adúriz comentó que en una empresa donde trabajó, le encargaron la redacción de una nueva carta para morosos, ya que la versión previa había sido escrita por Legales. “Al mes siguiente de enviarla, la cantidad de gente que pagó sus deudas se incrementó en un 10%”, afirmó Adúriz.

Para Analía Alcón, de Galimi & Alcón Asociados, las principales equivocaciones son no pensar en la intención ni en el receptor, no registrar el grado de formalidad, descuidar las palabras utilizadas y copiar y pegar lo escrito por otros.

También hay que incluir el uso inadecuado de mayúsculas y negritas, falta de encabezados y cierres, errores de sintaxis, tipográficos y de ortografía, repetición de palabras y mal uso de los signos de puntuación, entre otros.

Adúriz comentó que el interés de las organizaciones por prevenir los problemas de redacción está creciendo. “Las que más se dan cuenta del problema son las empresas de servicio. Saben que un mal texto las afecta de manera crucial e incorporan este tema como importante para su gestión”, agregó.

Ese fue el caso de Banco Río. La crisis financiera de fines de 2001 demostró a los responsables de comunicación que se necesitaba que los vehículos de comunicación interna fueran efectivos.

La intranet se mostró como una herramienta formidable que acercaba mensajes instantáneos a los más de 4000 colaboradores de ese momento -hoy son más de 5500- y que ayudaba a mantenerlos informados sobre la estrategia de la entidad. Esto los llevó a realizar un diagnóstico sobre su forma de comunicar y el uso de los distintos vehículos del que disponían.

La investigación demostró que muchos textos que circulaban internamente no transmitían de manera adecuada lo que querían comunicar. “Encontramos que dentro de un mismo canal existían disparidades de estilo, tono y criterios de comunicación difíciles de comprender”, comentó Pablo Franco, gerente de comunicaciones externas e internas.

Por eso se elaboró una Guía de estilo, usos y normativas de las comunicaciones internas . En la entidad también se dictan cursos de escritura corporativa. “Se creó la figura del escritor corporativo, que es el encargado de alimentar los contenidos de la intranet del sitio de su área. Ya se capacitó a más de 100″, añadió Franco.

Una encuesta de satisfacción determinó que, para el 93% de los empleados, el curso cumplió las expectativas. Sobre el aprendizaje más significativo, el 69% dijo que se trata de trabajar el estilo y eliminar palabras de más, el 51 segmentar el contenido en párrafos, el 48 planificar contenidos, y el 45 editar el texto una vez escrito.

El mercado tiene diversas ofertas de consultoría de textos corporativos, redacción de contenidos a pedido y talleres de capacitación. Los servicios parten de la premisa de que comunicar ideas escritas de manera correcta evita malos entendidos y beneficia los negocios.

Marilina Esquivel
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